¡Sonríe, estás enmascarado!

La sonrisa es un rasgo humano… Una sonrisa afectado desde que el uso de mascarillas se hizo obligatorio en casi todas partes, incluso en las empresas desde el 1 de septiembre.

¿Qué pasa con nuestra expresión facial cuando la protección del rostro se convierte en la norma, cuando tenemos que comunicarnos con un rostro que está oculto en un 60%?

En efecto, es innegable que la máscara modifica nuestra relación con los demás, nuestra identidad visual y altera la sonrisa. Nuestro propio comportamiento se modifica porque la máscara hace que los intercambios sean más secos, más complejos, menos fluidos. Las máscaras ocultan la mandíbula, una parte de la cara que expresa muchas emociones (sonrisa, risa, ira, asco…)

¡El equipo de las Bees sigue sonriendo bajo la máscara!

 

Una limitación que, sin embargo, es fuente de creatividad: para remediar esta ausencia de sonrisa en los rostros, la empresa lionesa Tcheezebox ha diseñado incluso modelos de máscaras que muestran la propia sonrisa del portador, con el fin de rehumanizar los intercambios…

Pero no olvidemos un factor esencial: ¡la sonrisa se oye en la voz y se ve en los ojos! Así que, detrás de la máscara, debemos seguir sonriendo en cualquier circunstancia, incluso por teléfono…

La sonrisa “real”, comúnmente llamada “sonrisa de Duchenne“, en honor al médico Guillaume Duchenne de Boulogne, fundador de la neurología en el siglo XIX, o la “sonrisa de recompensa” según el psicólogo Paul Ekman, moviliza varios músculos faciales. Recurre al cigomático mayor, que endereza las comisuras de la boca, y al orbicular menor, que arruga los bordes de los ojos… Una verdadera sonrisa de felicidad está formada, pues, no sólo por los músculos de la boca, sino también por los de los ojos.

Son nuestros ojos, nuestra mirada, los que transmiten nuestra sonrisa y nos permiten expresar nuestras emociones. Comunicamos alegría, tristeza, gratitud, compasión y entusiasmo a través de nuestros ojos. Nuestro interlocutor es capaz de interpretar, a través de lo que expresan nuestros ojos, nuestro estado de ánimo… y de percibir nuestra singularidad. Ese poder de los ojos que hizo que Jean Gabin le dijera a Michèle Morgan en la película Quai des Brumes en 1938 “Tienes unos ojos preciosos, sabes”.

Otra buena noticia que resulta refrescante en estos tiempos extraños, un estudio estadounidense realizado en 2012 por dos investigadoras estadounidenses de la Universidad de Kansas –Tara Kraft y Sarah Pressman– demuestra que en una situación de estrés, podemos sentirnos mejor si sonreímos, ¡incluso una sonrisa forzada! Se sometió a prueba a 167 estudiantes colocados en situaciones de estrés. El grado de estrés se evaluó a través de la frecuencia cardíaca y el nivel de estrés declarado por los participantes. Resulta que los que sonreían, aunque tuvieran que forzarse, estaban menos ansiosos que los demás al final de la prueba…

Así que, sobre todo, siguiendo el ejemplo de la panadera bonita de Otao Bom en Lyon, ¡sigue sonriendo y reivindica!

Porque si la sonrisa también es contagiosa, es el mejor remedio contra la tristeza…